Son días difíciles para muchos. No solo hay que dirimir “con quién pasamos las fiestas”, sino tratar de pasarla bien y superar los gastos de regalos y la compra exagerada de alimentos festivos. Es que ver saludar a mucha gente con besos y abrazos, casi todos hipócritas, termina erosionando el alma de los más sensibles.
Fuera de las vidrieras, que aumentaron los precios a propósito, y más cerca de la calle llena de gente, en un mar de migas y papelitos rotos, los chicos de la calle duermen su sueño de poxirán, mientras dos mujeres entradas en carnes se pelean por el último triciclo de oferta de la juguetería.Más acá un jubilado aprovecha que por 5 $ puede desayunar en Mc Donald’s, y también robarse “La Nación” para leer a la noche cuando se siente la falta de cable de TV, él ya sabe que nadie lo invita a ninguna mesa navideña y que terminará saludando a los vecinos sentado en la vereda horas antes de la medianoche.
Los que la pasan solos no sé si la pasan mejor, en general hablan superados de haber vencido a la “locura navideña” en forma más práctica, pero se estremecerán cuando escuchen la alegría ajena que no supieron conseguir.
Para los niños esos días resultan una mezcla extraña de personajes antiguos y modernos: el niño dios, santa claus, papá noel y los reyes…cada vez más eclipsados por el boato de los arbolitos con sus globos de colores, el glamour del hall del shopping replegó a la navidad cristiana y la convirtió en un pesebre mal actuado en la parroquia y en la cada vez menos concurrida “Misa del Gallo”.
Todo es más caro, más imposible en estos tiempos, el pobre será más pobre y el rico podrá demostrar que sigue siendo importante. Las fiestas crean una brecha que solo cruzan los que tienen con qué y los que se quedan de este lado se aferran al consuelo, y la mentira, de los deseos.
Decíamos que se avecinan semanas fatídicas: todos sabemos que aumentan los suicidios en esta época, porque además se acentúan las depresiones, se siente más la soledad y más la muerte y la distancia de la gente que uno quiere.
Pero también es una época en donde todos te obligan a hacer balances, algunos con algunos artilugios podemos “disfrazarlo” de positivo o simplemente nos convencemos de eso. Muchas personas, esas que se ahogan en la mitad del vaso lleno, no encuentran motivos reales para estar felices, para ellos un balance es como una patada en los testículos.
Ah! todo esto lo escribí porque la última encuesta que “El periodistas en su laberinto” versó sobre estas cuestiones. ¿Con qué humor llegas a fin de año?, preguntamos. Al menos el 44 % de los participantes anticiparon que está entre regular y malo. El resto, un 56 %, se califican “Muy feliz” y “optimistas”.

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