Susana me contaba esta tarde lo gratificada que se sintió al recibir un llamado de un compañero felicitándola por un trabajo suyo. Ella, como buena periodista que es, suele recibir estas aprobaciones, pero resultan más estimulantes, sin duda, cuando vienen de alguien más próximo: del entorno laboral o afectivo.
Son los incentivos que nos merecemos cuando trabajamos, que suelen ser muy escasos. Al menos en mi experiencia en los medios, no me he sentido reconocido por algunos de mis ex superiores.
Muchas de las decisiones laborales de mi vida tienen esa raíz mezquina que regaron algunos jefes no solo con explícito maltrato sino con la terrible indiferencia que arruina las mejores relaciones.
Al reconocimiento, lo ha sabido capitalizar, con un matiz hipócrita, “El empleado del mes” de McDonald´s merced a la competencia atroz que desata entre los compañeros por una miserable medalla y el cartel al lado del mostrador. Según un estudio de la consultora Gallup sobre el reconocimiento al empleado, los lugares de trabajo más eficientes y eficaces, poseen una cosa en común, una cultura de reconocimiento.
Los padres bien lo saben porque han sido hijos alguna vez, y han esperado de papá y mamá ese pequeño aplauso al alma que subraye una buena acción o tarea, que te haga sentir orgullo y principalmente, ganas de obtener ese premio otra vez.
No pedimos tanto. Solo el reconocimiento legítimo con la misma vehemencia con que nos suelen criticar. Es lo que reclaman las parejas de su otra parte, cuando van a la sesión del psicólogo un poco antes de separarse para siempre. Solo eso: un poco de aliento, una pinchadura de acicate que nos haga cabalgar un largo trecho solo de felicidad, un premio a nuestro esfuerzo, un homenaje en vida.
Reconocer al otro nos cuesta mucho, y es tan morosa esa actitud que cuando nos damos cuenta del valor de esa persona, ya se alejó de nuestro lado. Poco podemos hacer ante la herida enorme que provoca ignorar los valores del otro.
Muchas personas hacen esfuerzos sobrehumanos para ser reconocidos por los demás, los psicólogos suelen llamarlos reconocimientos del ego, pueden enfermarse si no logran su cometido. Y creo que todos padecemos de algún mal por eso.
Esa necesidad de aprobación es la que sostiene nuestro éxito como personas, sin embargo muchos mueren y años después se les suele reconocer su talento. Me acuerdo ahora mismo de Cándido López, el pintor más sobresaliente del arte argentino del siglo XIX, murió en 1902, su primera exposición en un museo fue 70 años más tarde.
López pintó para el ejército la Guerra del Paraguay, sin embargo sus cuadros no eran solo documentos históricos sino increíbles escenas en donde un bello paisaje mostraba el horror de la muerte y la guerra con una análoga candidez.
Pero estas cosas pasan solo con los artistas o intelectuales que dejan obras que luego pueden ser reinterpretadas y valoradas… pero ¿Qué le quedan a las personas comunes, como nosotros, que dejaremos un legado fútil, o sólo buenos recuerdos entre la gente que nos quiere?
Para sostener esta vida es necesario no solo el apoyo mutuo sino también esa mirada que nos dice “qué bien lo hiciste”, ese “gracias” que nos enseñaron nuestros padres utilizado hasta el hartazgo, esa moneda en forma de estímulo que nos hace olvidar una mala paga o algún desencuentro. Sentirnos honrados por eso, es suficiente.
No buscamos el triunfo, ni el éxito que premia a unos pocos, y mucho menos un aumento de sueldo o un ascenso. Sólo una palmadita, por favor.
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